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| El país de los mil riachuelos |
| El Mundo- España | 10 de septiembre, 2006 |
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“Sería bueno que el gobierno se diera cuenta de que hay más de un Riachuelo por provincia”.
La frase fue dicha en televisión. Y su autor fue el biólogo Raúl Montenegro, presidente de la organización no gubernamental cordobesa FUNAM, quien estaba sien do consultado en el programa Informe Central. Montenegro comentaba, con rotunda y angustiante certeza científica, un informe dado a conocer en ese programa que señalaba que, de acuerdo con una investigación de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, el 90 por ciento de las lechas maternizadas que circulan en el mercado lácteo están contaminadas con residuos de plaguicidas, muchos de ellos prohibidos desde hace décadas.
Montenegro calificaba a esto un pequeño Riachuelo: invocaba a que el gobierno, conciente de esta información, inmediatamente interviniera en este salvaje festival del uso de plaguicidas desatado por la soja transgénica.
Y, verdaderamente, la percepción no es equivocada. Y la demanda no es inexacta.
A raíz del affaire papeleras, el presidente Néstor Kirchner decidió ubicar (o aceptó ubicar, para no enfrentarse con la gente de Gualeguaychú) al tema ambiental en un estrado en el que nunca había estado: el medio ambiente, dijo, es política de Estado.
En general, nadie reclama demasiado aquello que sabe que no tiene posibilidades de obtener.
Pero sí se reclama con mayor fruición –y con la esperanza de conseguir- aquello que alguien le dijo que le iba a otorgar.
Y el presidente dijo que este gobierno se iba a ocupar del medio ambiente. Por eso muchos, como Montenegro, le reclaman.
Cuando el conflicto con las papeleras estaba en su cenit, escribí que “la política correcta es la que impide los problemas, no la que los soluciona (o dice que va a solucionarlos)”.
El país está lleno de ejemplos de incorrectas decisiones políticas que generaron o generan problemas que debieran o debieron evitarse antes de que alguien, ampulosamente, anunciara su solución.
Indudablemente, el Riachuelo, el oprobio más grande de la Argentina (un canal abierto de desagote de materia fecal y desechos industriales que atraviesa una de las dos ciudades más pujantes y desarrolladas del Cono Sur) es un símbolo de aquello que debió evitarse. Si el medio ambiente hubiese sido –como ahora dice el presidente que es- política de Estado, ninguna empresa se hubiera sentido autorizada a volcar alegremente sus efluentes sin tratar y ningún municipio (incluyendo a la ciudad de Buenos Aires) hubiera alentado que sus cloacas descargaran sin siquiera pasar por un colador de fideos en el Riachuelo.
La leche con plaguicidas es un buen muestrario de que se siguen tomando decisiones que anidan problemas ambientales de mañana. Y es una demostración de que cuando se habla de medio ambiente (que parece tan lejano, tan sentimental, tan ajeno, tan fútil) se está hablando, en verdad, de cosas muy profundas, de decisiones clave y no de ecología y pajaritos.
Al día siguiente de mostrar un estudio de la Universidad de Buenos Aires que indicaba que el 90 por ciento de la leche maternizada que se vende en prolijas cajitas en todo supermercado del país, expusimos un informe aún más inquietante. Una investigación de la Universidad del Litoral, con muestras de mujeres de la provincia de Santa Fe, reveló que la leche de sus tetas, con la que amantan a sus hijos, tiene en ocho de cada diez casos, restos de plaguicidas.
Con el primer informe, una gran compañía lechera invirtió en publicidad televisiva para explicar, a través de un candoroso locutor con bigotes que se exhibe como el yerno ideal (o el suegro, a esta altura, por una cuestión de edad). A sus creativos no se les ocurrió qué comercial grabar para defenderse de la contaminación de leche de teta.
Las dos situaciones –originadas en el mismo error histórico- demuelen la idea de que en la Argentina prevalece el medio ambiente como política de Estado.
El país, devaluación mediante, eligió nutrir su superávit con el producido de la venta de commodities. El mundo demandaba soja y el gobierno miró con agrado las decenas de miles de hectáreas que podían destinarse a tan loable propósito. Y se estimuló a que, como hoy, el 65 por ciento de las tierras cultivables de la Argentina tenga soja. Y a que, buscando nuevos horizontes con forma de billete dólar, se desmonte el equivalente a cuatro canchas de fútbol por hora en el monte chaqueño o la selva tucumano-oranense, perdiendo el monte y generando a futuro tierras yermas una vez que la tercera generación de poroto de soja haya agotado el suelo. Y como la soja es un negocio de las multinacionales del grano y la agroquímica, al productor le llega una cajita con la semilla de soja transgénica (modificada genéticamente para que sea resistente a todo tipo de insecticida), el manual para la siembra directa y el frasco de herbicida. Y la soja deja las divisas, seguramente hace momentáneamente próspero a ese productor, expulsa a los antiguos peones (la soja precisa de sólo una persona cada 500 hectáreas de cultivo), degrada el suelo y permite que, por ejemplo en el 2005, se apliquen 150 millones de litros de plaguicidas que a la soja no le hacen ni cosquillas pero que, como suele ocurrir con los venenos, mata todo el resto.
Así mirado, encontrar plaguicidas en la leche maternizada –o en la leche de teta o en la carne o en la fruta- parece ser apenas uno (y hasta quizás de los menores) impactos negativos de la decisión de tapizar de soja la Argentina.
De eso hablaba Montenegro cuando decía que hay más calamidades aparte del Riachuelo.
Y hablaba también de la indecencia que devela el hecho de haber hallado en la leche restos de plaguicidas prohibidos en el país desde hace décadas. Están allí, y fue demostrado yendo a comprar a un negocio habilitado, porque el Estado no controla que se estén vendiendo, sin vergüenza, sustancias cancerígenas que muchos inescrupulosos –o, más piadosamente, ignorantes- lanzan sobre sus frutas y verduras.
Y claro que hay más de un Riachuelo por provincia. Hay casi uno por cuadra (mire a su alrededor y va a hallar sin problemas).
Seguramente usted cuando empezó a leer esta nota creyó que lo iba a atacar el aburrido germen de la ecología. Casi ni hablamos de medio ambiente: hablamos de desaprensión del Estado, de decisiones mal tomadas, de falta de control, de políticas de obtención rápida de divisas a cambio de un pasivo socio-ambiental grosero.
Será que todavía no se logró que sea política de Estado…
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