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Tiempo loco
El Mundo- España | 04 de febrero, 2007
Al influjo de Europa, de la angustia de Europa por ver cómo sus pies se derriten cada verano más, los medios del mundo escriben, publican, difunden, ilustran acerca del cambio climático. Y sentencian que ya está cerca el Apocalipsis. Así como el siglo XX naci+o con la angustia por la supuesta destrucción del planeta tras la también supuesta colisión del cometa Halley, el calentamiento global funciona como el jinete del Apocalipsis contemporáneo: la diferencia es que eliminando la ignorancia esta vez el temor no se disipa, hace falta una decisión real para detener el tobogán hacia el infierno.
Los científicos aclaran que ya no hay nada que discutir: hay una certeza de más del 90 por ciento en el sentido de que son los gases liberados por la actividad humana los que están provocando el calentamiento global –y ya no gradual, sino brutal- del planeta.
Esta semana los científicos reunidos en el panel que suministra la base académica a la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático lanzaron un panorama siniestro: en lo que resta del siglo XXI la temperatura promedio de la Tierra crecerá entre 1,8 y 4 grados centígrados, lo que provocará fenómenos climáticos extremos y un ascenso de hasta 60 centímetros del nivel de los mares producto del derretimiento de los hielos perennes (que ya no lo serán).
Hagamos una traducción práctica.
Que los mares suban sesenta centímetros implica que decenas de estados-islas desaparecerán bajo las olas. Implica que ciudades costeras emblemáticas por sus costas (Miami, Buenos Aires, Río de Janeiro) verán que su territorio se angosta. En el documental “La verdad incómoda”, el ex vicepresidente Al Gore utiliza un modelo matemático para simular ese aumento del nivel de los océanos: el agua taparía el sitio de Nueva York donde estuvieron alguna vez las torres gemelas.
Además de la presunta cercanía del Apocalipsis en forma de desbarajuste ambiental, el tema resalta la increíble paradoja del mundo en que vivimos. La humanidad viaja a 300 kilómetros por hora subida a una Ferrari, sabe que en algún punto del camino hay un muro contra el que va a chocar pero aún así sigue acelerando.
La ciencia entrega cada día más elementos para que la vida sea más larga y confortable, y simultáneamente la humanidad elige suicidarse.
Siempre se decía, y se repetía como fórmula de marketing publicitario más que como sentencia verosímil, que todo lo que se provoque negativamente sobre el ambiente en el presente, lo pagarán nuestros hijos y nietos. De confirmarse la hipótesis de los científicos respecto del incremento de temperatura, la herencia a nuestros hijos y nietos no será una entelequia sino un dato cierto. Y más, todavía: si los efectos –como aseguran los investigadores- ya se están percibiendo, y las peores consecuencias se empezarán a expresar en apenas un par de décadas, entonces ya no estamos hablando de nuestra descendencia sino de nosotros mismos.
La curiosidad conceptual de esta tragedia en ciernes es que es absolutamente prevenible y, más todavía, posible de resolver.
Los gases que se acumulan en la atmósfera e impiden que el calor salga al exterior son producto de la actividad humana: quema de petróleo en los autos, en las usinas, en las calderas, en el 80 por ciento de la generación eléctrica del planeta.
Por un lado, y ése fue el efecto demostración del apagón de cinco minutos efectuado el viernes en Europa para protestar contra el cambio climático, está el derroche: una reducción de diez o veinte por ciento en el consumo de países en los que se consume claramente de más (un habitante de Estados Unidos consume cinco veces más energía per cápita que el promedio mundial), permitiría utilizar mucho menos petróleo y, con ello, liberar una cantidad significativamente inferior de gases de invernadero.
Por otro lado, y ésa es la perversión mayor de la sociedad política mundial, si se reemplazara aún progresivamente el petróleo por energías no contaminantes como la eólica o la solar, la amenaza podría disminuir y en un futuro incluso desaparecer.
¿Qué hace que pese a saber cuál es el remedio, el enfermo de cáncer se niegue a tomarlo?
El mundo está cooptado por una mafia, la mafia del petróleo, cuyo exponente más expuesto y quizás más primitivo es el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush. De hecho, Bush invade países para garantizarse más petróleo en un mundo que sabe que el petróleo mañana se acabará pero quizás antes se acabe el mundo por seguir dependiendo de ese combustible. Juegos de palabras al margen, por extender en el tiempo la rentabilidad del negocio, Estados Unidos se opone a cualquier medida de control en la emisión de gases, puesto que afectaría a la industria petrolera. Resulta notable que se elija el suicidio seguro sólo para preservar las ganancias actuales.
La humanidad se mueve con el dinero como combustible de la sociedad capitalista. La tendencia del capital, dicen los economistas, es preservar el hoy, aún cuando esa elección condicione negativamente el mañana. Lo cual confirma que si un eventual sustituto (energía solar, eólica o a pedal) fuera económicamente tan rentable como el petróleo, seguramente el problema del cambio climático ya estaría resuelto.
Algunos optimistas maniqueos afirman que cada uno de nosotros puede hacer algo para detener el cambio climático. Y proponen, entonces, apagar las lamparitas de más que hubiéramos encendido, usar el aire acondicionado sólo si es imprescindible y prender menos el calefón.
Pavadas. No se dan cuenta de que así como la conciencia colectiva no es resultado de la suma algebraica de las conciencias individuales, la solución a problemas globales no se alcanza con una montaña de minisoluciones.
El cambio climático, quizás como ningún otro, es un escándalo político: la dirigencia mundial ha decidido –por motivos mezquinos- darle la espalda durante años. Europa aparece ahora angustiada por el asunto, luego de que se confirmara que los primeros coletazos del calentamiento global no se verifican en Africa, sino en las olas de calor que matan jubilados franceses y derriten las temporadas de esquí en los Alpes.
Por lo tanto, la solución es política y, aún con la protesta de ecologistas o ciudadanos concientizados, el nudo lo deben desatar los líderes del mundo. Que para eso han sido puestos allí.
 
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