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Lo testimonial y lo efectivo
El Mundo- España | 03 de diciembre, 2006
¿Hasta dónde seguirá el conflicto de las papeleras?
Hay, en los ámbitos supuestamente más informados de la City porteña, la sensación de que el gobierno argentino dejó el conflicto. Es decir, que lo abandonó y que lo mantiene apenas en la consideración discursiva. ¿Qué significa esto?
Desde que volvió de Washington, la secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti, no escupió monosílabo alguno respecto del conflicto en el que ella era una pieza central. Recordemos que Picolotti había llegado, por un asesor del gobernador Busti, a ser recomendada como abogada para estudiar qué hacer con el conflicto en ciernes de las papeleras allá por mediados de 2005. Su andar glamoroso y calmo, más su inglés de buena pronunciación le granjeó a Busti su confianza cuando iniciaron una gira por Washington hace poco más de un año con la intención de explicarle al Banco Mundial que no debía financiar a Ence y Botnia. Es bueno recordar que al regresar a la Argentina, Busti le dictó a un diario afín de Paraná el título que aseguraba que “Se detuvo el financiamiento para las pasteras”.
Trescientos sesenta y cinco días más tarde, Picolotti recorría Washington con la misma misión pero con la cucarda de secretaria de Medio Ambiente.
La misión fracasó. Pero sirvió para que el marido de Picolotti, Danial Taillant, nos ilustrara acerca de la perversa componenda que existe entre el Banco Mundial y los intereses económicos potentísimos del Primer Mundo, que vislumbran el traslado de las industrias contaminantes hacia estas orillas como estrategia de limpieza en sus propios países y de mejora de la ecuación económica como argumento fundamental. Probablemente, más allá del atraso político del enunciado, tal descripción sea correcta. La pregunta es inevitable: ¿Para qué se dispuso entonces que el ahogo financiero internacional fuera el eje de la estrategia oficial contra las papeleras? ¿Para comprobar que esa componenda existía y que, además, cuando es necesario funciona? ¿Puede un país situar su estrategia de defensa diplomática en una arista tan lábil y a priori perdedora?
El presidente ha dicho que desde el punto de vista ético, la postura argentina contra uno de los poderes fácticos del orden económico mundial (entendiendo que ese orden no es el más ajustado a la justicia social) es un dato elogiable. Y lo comparó con la diatriba que el gobierno argentino sostuvo con el FMI a comienzos de la gestión Kirchner. Efectivamente, se sabe, el Banco Mundial protege intereses que no son precisamente los populares o, si quiera, los ambientales: financió por ejemplo Yacyretá (el monumento a la devastación ambiental) y las inversiones de la minera canadiense Barrick en la cordillera, pese a la oposición de la mayoría de los productores que temen a las consecuencias del uso de cianuro para separar el oro de la montaña. ¿Pero alcanzaba esa legitimidad ideológica para imponer un discurso optimista que indicaba que ese mecanismo detendría a las papeleras?
Los más sesudos de esta historia coinciden en que la estrategia de denunciar, hasta en cortes internacionales como La Haya, la violación del tratado del río Uruguay por parte de los vecinos es lo más contundente que puede ofrecer la Argentina. Es que eso –al menos en los papeles- carece de ideología y, por ende, de subjetividad alguna a la hora de concretar una sentencia. Es posible que la Argentina pierda en La Haya, pero porque la trayectoria de los diplomáticos (en especial los que negociaban con Uruguay en el 2003 en el marco de la Comisión Administradora del Río Uruguay) sea más que vidriosa. Pero aún así sentará los antecedentes correctos para defenderse de actitudes prepotentes de la manera más sensata: con la ley en la mano.
Llama la atención el silencio de Picolotti, quien debería explicar por qué, en cambio, se eligió una táctica testimonial.
Llama la atención, asimismo, que su marido siga haciendo declaraciones, en este caso para narrar la historia de una supuesta anciana de 88 años que está dispuesta, cual combatiente palestino que defienda una tierra irredenta, a inmolarse ante los encofrados de concreto de la empresa Botnia.
Cuando una lucha, aún legítima, valiosa y socialmente acompañada, se tiñe de anécdotas, significa que ha comenzado a perderse el norte, que ha comenzado a vislumbrarse que del otro lado de la batalla puede estar la derrota.
Desde que Picolotti llegó con su silencio de Washington, la estrategia argentina quedó resumida en la poco glamorosa preparación del alegato final ante La Haya, que ocurrirá el 15 de enero. Mientras, el gobierno ha decidido sostener el conflicto en las declaraciones del presidente, pero en la práctica dejar que el agua circule con la trayectoria que vaya encontrando.
Esto, en los hechos, ha significado que la gente de Gualeguaychú ha quedado sola de toda soledad, más allá de las sentencias verborrágicas que confirman que no se va a reprimir el corte de ruta, aunque cada día aparezca más desatinado. El desgaste es inherente a cualquier posición maximalista.
Por suerte para Gualeguaychú, cada tanto se expresa con brutalidad la ausencia de muñeca de Tabaré –cada día, al menos en esta historia y visto de esta lado del río, más parecido a su predecesor Jorge Batlle-. El mandatario uruguayo puso al ejército a custodiar a Botnia, quizás por temor a la anciana de 88 años que decidiría lanzarse cual misil litoraleño sobre la chimena aún no humeante de los finlandeses. Con eso, le dio aire a Gualeguaychú y a Colón para que acompañe en los cortes. Pero ya son los estertores del conflicto, la mueca de una batalla que lamentablemente se extingue. O que debería prolongarse en otra estrategia, quizás alguna que englobe el reclamo para que la Argentina ponga en marcha su tan anunciada política de Estado en el tema ambiental. La legitimidad se obtiene barriendo primero el patio propio.

 
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