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| Era la soja nomás |
| 02 de junio, 2008 |
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Después de 25 días de fuego, el Delta del Paraná ofrece un panorama nunca visto, con más del 10 por ciento de su superficie seriamente afectada. Investigadores de Exactas confirman que los incendios destruyeron particularmente juncales, no pastizales, y se muestran preocupados por la recuperación de la zona. Los riesgos de la agricultura en las islas.
En el Delta no se quemaron pastizales. No fueron 70 mil las hectáreas afectadas. Ni es seguro que el fuego se haya provocado con fines de favorecer la ganadería.
Fuentes oficiales y medios de comunicación refirieron, desde el momento mismo del inicio del fuego, a la quema de pastizales, una y otra vez. Ese dato, para el lego, permite inferir que se hicieron humo terrenos intervenidos por el hombre y destinados, por ejemplo, a la ganadería.
Patricia Kandus es bióloga del Laboratorio de Ecología Regional de Exactas y, desde hace 15 años, el objeto de estudio del grupo de investigación es el propio Delta del Paraná, un sistema natural que se conoce como “humedal. Actualmente, dirige un proyecto sobre desarrollo de herramientas para la evaluación de la sustentabilidad ambiental en ecosistemas de humedal en la región y participa en otro relacionado con desarrollos en teledetección satelital para aplicaciones ambientales.
“No se quemó pastizal -afirma Kandus-, se quemaron juncales y pajonales, zonas naturales que, en particular, no tienen un alto valor forrajero”.
Asimismo, es fácil detectar una fuerte omisión en los datos sobre la extensión de superficie destruida por los incendios. El día 10 de abril, con las llamas en auge, las fuentes gubernamentales indicaban 70 mil hectáreas. El 28 de abril, con lluvia de por medio y los focos completamente controlados, la información oficial revelada a los medios daba poco más que 70 mil hectáreas afectadas; como si hubiera pasado poco y nada en el medio.
El Cable tuvo acceso, a través de una fuente de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable, que requirió confidencialidad, a un número más dramático: 180 mil hectáreas quemadas, lo que representa más del 10 por ciento de la superficie del Delta.
Consecuencias directas
Como todos los humedales, el Delta es un sistema caracterizado por permanecer en condiciones de inundación, o con el suelo saturado con agua, durante extensos períodos a lo largo del año.
El Delta juega un papel de “esponja”: su estructura lo convierte en amortiguador de las avenidas de agua de los grandes ríos, por lo que termina reteniendo y depositando sedimentos y nutrientes. Un dato central es que funciona como reservorio y filtro “purificador” de agua dulce. Dado que el sistema retiene la carrera del agua hacia el mar, posibilita un mayor aprovechamiento del recurso. Para más claridad: el 10 por ciento del volumen total de agua dulce del planeta se encuentra en los humedales.
Las zonas de juncales, en particular, “desaceleran aún más la velocidad de flujo del agua, lo que aumenta la tasa de sedimentación de aquello que trae el río y permite que más nutrientes se depositen”, comenta la especialista y destaca que “un juncal tiene un promedio de alrededor de 16 por ciento de materia orgánica, habiendo pajonales donde se llega al 30 por ciento”, lo que representa una significativa reserva de carbono orgánico. Además, este tipo de vegetación es usada como refugio y zona de nidificación por carpinchos, coipos, ciervos de los pantanos y diversas especies de aves”.
Como lo hacen habitualmente, Kandus y sus colaboradores trabajan con los datos de los mapeos satelitales de la zona. Al analizar las imágenes, se desprende con claridad que el fuego lo sufrieron las praderas herbáceas y juncales. “Pastizales es justo lo que no se quemó”, reitera la bióloga mientras superpone en pantalla las zonas de fuego y el mapa vegetal de la zona, advirtiendo que “la mayor superficie afectada está en los juncales al norte de la Provincia de Buenos Aires frente a Baradero y San Pedro”. También se observan numerosos focos significativos en la zona de Victoria, pero el fuego no puedo extenderse como en el caso anterior probablemente por tratarse de praderas de herbáceas acuáticas naturalmente mas fragmentadas.
El pastizal tiene un uso forrajero directo y es habitual la quema de los mismos, pero hacia fin del invierno. La especialista explica que se hace para “eliminar la vegetación seca y así propiciar el rebrote de los pastos de primavera. Es esa época, después de los meses fríos, el suelo está húmedo porque sufrió muy poca evapotranspiración y, por lo tanto, solamente se quema la porción superficial, no la materia orgánica del suelo, ni los rizomas que quedan protegidos por el agua”. Esa materia orgánica es lo que se conoce como “turba”, biomasa clave en la fertilidad de las tierras, que requiere cientos de años en formarse.
Una quema en la actual época del año da resultados muy distintos. “En el verano, la cantidad de agua en el suelo disminuye -relata Kandus-. En febrero, por ejemplo, había que cavar entre 10 y 20 centímetros para que aflore”. El suelo había quedado seco, al igual que la vegetación superficial, con lo cual la capa de turba sirvió como combustible y el fuego se llevó todo, “con una pérdida muy grande en las funciones de almacenaje de carbono, de nutrientes, banco de semillas”, analiza. Y esto recién empieza: “La vegetación crecerá en primavera, sin mucho problema, pero el suelo no se recupera tan fácilmente. De todas maneras, desde la Facultad vamos a comenzar estudios sobre la experiencia de recuperación” comenta la bióloga, a quien le queda otra preocupación, que pasa por saber “si se va a hacer un manejo cauteloso para que el sistema se pueda recuperar en algún momento”.
Soja mata Delta
El acto reflejo del gobierno nacional, cuando, a principios de abril, el viento comenzó a traer el humo de los incendios a Buenos Aires, fue responsabilizar a los productores de soja en dos niveles. Por un lado, se escucharon acusaciones indicando que, en pos la altísima rentabilidad de la soja, los productores estaban preparando terreno para pasturas en el Delta con el fin de liberar de ganado sus tierras potencialmente sojeras. Por otro, desde el Ministerio del Interior se sostuvo inicialmente que la quema era con el objetivo de preparar el suelo para sembrar soja.
Que hay vacas en el Delta no es una novedad, están allí desde hace décadas y, de acuerdo con los especialistas del Laboratorio de Ecología Regional, pueden “convivir” con el sistema natural. La región soporta el ganado si la explotación se hace de manera responsable, respetando la cantidad máxima de cabezas por hectárea. Este caso ideal parece estar lejos de la realidad: datos oficiales indican la presencia de unas 200 mil cabezas de ganado vacuno (otros, extraoficiales, arriesgan triplicar esa cifra), cuando seis años atrás, antes de la instalación en el país del boom sojero, se registraban 15 mil cabezas en todo el Delta.
Pero, si bien la ganadería tendría también su responsabilidad en este desastre ecológico, el círculo no termina de cerrar porque quienes quemaron juncos y suelo esperando forraje para primavera no necesariamente obtendrían los resultados esperados. A la vez, puede entenderse que no fue un accidente: el fuego estuvo sostenido a partir de unos 600 focos -de acuerdo a las imágenes de libre acceso que genera el satélite Modis. ¿Un error de cálculos, acaso? Hasta el momento, es posible analizar que las hectáreas más fuertemente afectadas, donde sólo haya quedado suelo y nada de materia orgánica, estarán en las condiciones ideales para emplear en ellas la siembra directa, técnica característica de la producción de soja.
Como nada es tan simple, si a algún productor se le ocurriera plantar soja, por ejemplo, tendría que alterar de manera drástica la zona en cuestión, ya que en un humedal no se puede hacer agricultura del modo tradicional. “Las técnica agrícolas que se vienen aplicando en la llanura pampeana fueron desarrolladas para sistemas terrestres, y el Delta es un humedal -explica Kandus-, por lo tanto, para desarrollar esa agricultura en forma eficiente, hay que hacer que se comporte como un sistema terrestre”. Esto podría significar el fin del humedal, porque “el paradigma de este ecosistema es muy distinto al terrestre, que se ve condicionado por el clima en forma primordial. Al humedal el clima lo afecta, claro, pero lo que define la estructura de las comunidades que viven en el lugar es el agua, que es el factor común y el eje conductor junto con la geomorfología de base: esto define la biodiversidad y todos los procesos que permiten la expresión y persistencia del humedal”.
Modelo noventa
Los habituales paseos recreativos por el Delta suelen significar el recorrido por una pequeña zona de un sistema que ocupa 1.700.000 hectáreas de las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe. En el bajo Delta, además de recreos y actividad náutica, se registra alguna actividad agropecuaria. En el Delta medio y superior -sectores ajenos al turismo- la principal actividad es la ganadería extensiva y la pesca comercial. La apicultura y la pesca artesanal están presentes en toda la región. “Existe una gran cantidad de actividades productivas de pequeña envergadura que dan sustento a la gente de menos recursos”, comenta Patricia Kandus, quien considera al Delta no sólo como un santuario natural sino también como una región de gran importante productiva, claro que con ciertos límites que debería imponer un sistema de desarrollo sustentable. Y ahí está el problema, porque el modelo que gana es el que lleva el apodo de “minero”, nacido de las entrañas del neoliberalimo de la década del noventa.
El término “minero” se usa para referenciar un tipo de intervención productiva de capitales oportunistas que arrasan con los recursos naturales, que pierden su capacidad de ser renovables, y se retiran dejando escombros. El caso paradigmático de la explotación minera (en especial, a cielo abierto) en países periféricos, le dio el apodo. Kandus traza una línea con la situación ganadera del Delta: “Si se mete un montón de vacas se pierde la cobertura vegetal y la estructura del suelo y cuando viene una inundación la erosión puede ser muy grave. Además, el excremento de las vacas produce un volumen de nitritos que termina por contaminar las aguas”, indica.
Asimismo, la investigadora destaca que, como bien puede ser posible criar ganado en las islas (miembros de su grupo se encuentra desarrollando un estudio sobre cuál sería la carga óptima de cabezas que soporta el humedal) también lo es desarrollar producción agrícola, pero siempre “manteniendo el sistema tal como es, un humedal”.
La idea de intervención sobre el humedal para convertir algunas de sus áreas en tierra firme no es nueva. En los años 70, la zona de islas denominada Lechiguanas fue rodeada por diques hechos a partir de grandes terraplenes para desarrollar agricultura. Al endicar, se generan nuevos cauces y el humedal pierde su capacidad de interferir en el camino que hace el agua dulce para llegar el mar. También pierde su función de amortiguador de las inundaciones, con los consecuentes perjuicios humanos, ecológicos y económicos. Por supuesto, en los años noventa también se repitió la experiencia.
“En la Argentina, hasta hace pocas décadas la mayoría de los humedales estaban relativamente libres del impacto de las actividades humanas, por lo tanto conservaban su extensión y características originales”, explica Kandus y destaca que “estos ecosistemas proveen numerosos bienes y servicios a la comunidad debido a su biodiversidad y funciones ecológicas particulares”. Quedará por verse si en el futuro el Delta puede ser visto como un recurso para uso de forma sustentable o si nuevamente prevalecerá la vocación de ganancias a corto plazo.
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