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| Veinte años de ahogarse en el mismo charco |
| 03 de marzo, 2008 |
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El 31 de mayo de 1985 cayeron 295 milímetros sobre la ciudad. El 1 de junio, un diario ya desaparecido tituló: “El día en que se hundió Buenos Aires”. Esa calamidad, junto con la del 26 de enero de ese mismo año (192 milímetros en tres horas), inauguró no sólo la era de las megainundaciones porteñas sino también la de la repetición ad eternum del contenido de los discursos oficiales del día después: que la lluvia fue anormal, que hace cuarenta años que no se adecuan los desagües y que mi antecesor no cumplió con las obras que prometió y que yo sí voy a realizar. Todas verdades a medias o, mejor dicho, mentiras con sabor a verdad.
En estos veintitrés años los archivos registran veintisiete inundaciones porteñas que alcanzaron la tapa de los diarios. La ciencia diría que a esta altura debería repensarse la calificación de “anormal” de las lluvias que provocaron esos desastres. Sólo a modo comparativo: el 16 de diciembre de 1989 la ciudad se inundó porque no pudo evacuar 82 milímetros en una hora; esta semana, la gente debió salir en bote por la caída de 60 milímetros a lo largo de tres horas. Tal falta de adecuación a la realidad, le da sentido al chiste publicado tras uno de los tantos anegamientos de las últimas décadas: quien quiera invadir Buenos Aires no debe venir con tanques sino con baldes.
Es cierto que la red de desagües es obsoleta, pues fue planificada entre 1868 y 1919 (y concluida en la década del 1940). Pero la red se torna obsoleta no porque pasa el tiempo sino porque el agua caída (tremenda obviedad) viaja directamente hacia caños diseñados para contener una lluvia de hasta sesenta milímetros en treinta minutos, dado que el resto debía filtrar por plazas, parques y demás áreas con piso de tierra. Mientras hace un siglo el 80 por ciento del agua caída en el conurbano y el 40 por ciento de la caída en la Capital drenaba por la tierra, ahora, apenas el cinco por ciento de la lluvia no choca contra el asfalto y busca una cañería rumbo al río de la Plata. En ese concepto llamado escorrentía (la cantidad de agua que circula por la superficie sin ser absorbida por el suelo y se obstina en anegar calles e ingresar a domicilios, particularmente de gente pobre) se explica el proceso histórico de las inundaciones de Buenos Aires.
Los políticos –básicamente la más de media docena de intendentes que pasaron desde 1985- prometen, repetidamente, obras. En 1998, por ejemplo, se anunciaba que el problema requeriría una inversión de unos 400 millones de dólares. Una insignificancia si se considera que sólo las pérdidas de aquella inundación de 1985 fueron estimadas por los ingenieros Luis Albini y Dardo Costa en 280 millones de dólares. La relación costo-beneficio, tras dos décadas y media de pérdidas siderales, no merece comentario. Hace apenas un par de semanas, los hinchas de Atlanta recordaron sarcásticamente el séptimo aniversario del primer anuncio de la obra que en Villa Crespo contendría las aguas del Maldonado y, de paso, le dejaría una nueva cancha a los bohemios.
Sin embargo (todos los intendentes anteriores se defienden al unísono), obras se han hecho. ¿Y entonces por qué no funcionan? ¿No será que además de la reiterada secuencia de “inundación-promesa-obra incumplida”, lo que está obstaculizando la solución sea un dificultad en la aproximación al problema? ¿No será que falla la idea de suponer que sólo agrandando el grosor de un caño se corta esa cruel secuencia? La ciudad es un ecosistema y la lluvia describe sobre ella un ciclo integrado por muchos factores, lo que exige una mirada integral, ambiental y no solo hidráulica. Pregunta: así como se repite que hay que hacer tremendas obras que nadie identifica y jamás se construyen, ¿cuántas veces se propuso instrumentar mecanismos más ambientales y menos hidráulicos para mejorar la capacidad de absorción o retención de agua en la ciudad?
Tanto ahogarse en el mismo charco obliga a evaluar nuevas opciones. Quizás llegó la hora de rescatar a Ameghino y a decenas de urbanistas que, en estas épocas de manejo de ecosistemas y soluciones maleables, aconsejarían echar mano a métodos no rígidos sino amigables con el medio ambiente: regulación del uso de la tierra, relocalización de poblaciones en riesgo, introducción de tecnología blanda para absorber el agua sobrante, incremento de los espacios verdes para aumentar la tasa de absorción de lluvias...
Por el contrario, si se sigue pensando que sólo se trata de agrandar el diámetro la ciudad quedará siempre expuesta al riesgo de que aparezca una lluvia “anormal” y que el caño “quede chico”.
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