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El cambio climático tampoco es PRO
23 de enero, 2008
La relación del macrismo con el medio ambiente, que tanto cultivó en la campaña electoral con sus recorridas en bote por el Riachuelo, terminó el mismo día en que asumió como jefe de gobierno. Su primera decisión fue eliminar el ministerio de Medio Ambiente, creado en tiempos de Aníbal Ibarra y potenciado en la época de Jorge Telerman, y fusionarlo con el de Espacio Público, donde la única preocupación es la que deviene de los servicios públicos: alumbrado, bacheo, licitación de la recolección de basura, y nada que tenga que ver con planificar la ciudad desde el punto de vista de su política ambiental. Para derivar hacia un solo sitio todos los ámbitos vinculados con el control (sería disparatado pensar en una ciudad sin inspectores, pero no por eso se le puede otorgar a la inspección el carácter de configuración de políticas) se creó la Agencia de Protección Ambiental, que funciona con autarquía, pero dependiendo del ministro de Espacio Público y no del jefe de gobierno. Y tan lejano de establecer una política ambiental está su papel, que la representación de la ciudad en el Comité de Cuenca del Matanza-Riachuelo, en vez de ocuparlo la Agencia de Protección Ambiental, lo ocupa el ministerio de Obras Públicas, con lo que queda al desnudo la arcaica visión que tiene del medio ambiente aquel que paseaba en bote por el Riachuelo y aseguraba que lo iba a limpiar cuando fuese jefe de gobierno.
La política, se sabe, es una sucesión de hechos testimoniales que muchas veces hablan por su esencia más que por el efecto específico que tengan. El siguiente paso adoptado por el gobierno de Mauricio Macri en su viaje hacia la “desambientalización” de la ciudad fue el de cerrar la Oficina de Protección Climática, creada en mayo del año pasado por el entonces recién asumido ministro Juan Manuel Velasco, con la misión de “diseñar y establecer lineamientos de políticas públicas orientadas a la protección climática, así como la promoción de acciones tendientes a implementar criterios de eficiencia energética”.
El fundamento de la creación de esa oficina era de una obviedad sin límites, en una época en que del cambio climático se habla hasta en los bares: “En la ciudad de Buenos Aires, la modificación de las temperaturas medias en los ciclos estacionales genera la ocurrencia de eventos climáticos en otro tiempo considerados como excepcionales, tales como veranos más largos y lluvias más intensas y frecuentes. Una causa central de estos cambios de la composición atmosférica y sus impactos está asociada al elevado consumo energético, que representa aproximadamente el 90% de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero de la República Argentina”, decía –y todavía dice, ya que no ha sido actualizada- la página web del gobierno de la Ciudad, en donde aún no figura la existencia de la agencie de protección ambiental.
Está claro que la Argentina es un país con baja incidencia en el fenómeno del cambio climático a escala mundial, pero no cabe duda de que lo poco o mucho que desde este rincón del planeta se emite en forma de gases de efecto invernadero, procede, principalmente, de los grandes conglomerados urbanos. Del mismo modo, si bien no es culpable central, la Argentina sí es víctima potencial en grado sumo: la ubicación geográfica y la enorme extensión de las costas hace que los principales efectos del calentamiento global se vayan a sentir más fuertemente aquí antes que en muchas naciones que son promotoras de la alteración climática.
Tener una oficina que con nombre y apellido se ocupara de las cosas que hacen a la preparación de la ciudad a las consecuencias del cambio climático y a la eficiencia energética, en tiempos de severos planes de ahorro de electricidad, no sonaba una excentricidad sino más bien una necesidad.
Pues bien, Macri –o alguien en nombre de él- ha decidido que esa Oficina de Protección Climática y Eficiencia Energética deje de existir. En rigor, según algunas fuentes consultadas, la Agencia de Protección Ambiental, confirmado que su papel no es fijar políticas sino apenas administrar inspectores, desguazó el área y derivó al Ministerio de Espacio Público y Ambiente aquellos programas que hubieran tenido financiamiento externo, para que el ministro decida. En el área específica de medio ambiente de la ciudad, el cambio climático no tiene espacio. Y para comprobarlo, se puede llamar al 4010-0300 interno 1322 (tal como todavía figura en la página web del gobierno de la ciudad) y quien lo atienda le confirmará que allí ya no funciona la Oficina de cambio climático y que nadie sabe dónde está.


 
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