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¿La ecología es de izquierda?
24 de octubre, 2007
La frase está recorriendo el planeta: -"Yo de este asunto sé poco, pero mi primo supongo que sabrá. Y entonces dijo: 'Oiga, he traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que iba a hacer mañana en Sevilla'. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?". Esto lo dijo Mariano Rajoy, quien quiere ser presidente de España el año que viene y que, de acuerdo a cómo parece que piensa, es probable que así como Aznar los condujo a una guerra insólita, el posible futuro gobierno del PP los lleve a una batalla contra el dióxido del carbono. El primo en cuestión se llama Juan José Brey, es físico de la Universidad de Sevilla, y está buscando dónde esconderse de los millones de periodistas que, cual mosquitos que huelen sangre fresca, intentan que explique si es verdad que le dio letra a su pariente para desacreditar aquello que a Al Gore le acaba de significar el premio Nobel.
El episodio, no obstante, permite salirse un par de segundos de la anécdota y preguntarse qué cosa hace a la derecha tan recalcirante como para ocupar siempre el sitial de quien discute la evidencia más brutal. La derecha, si es que así se la podía designar, es la que negaba a Copérnico y a Galileo. La derecha clerical es la que sigue negando la teoría de la evolución y, más todavía, busca impedir -como lo propuso su partisano George W. Bush- que se enseñe en las escuelas. La derecha es la que refuta el cambio climático hasta que -como ellos mismos exigen- científicamente no haya dudas. El problema es que cuando científicamente deje de haber dudas seguramente estaremos tapados por el agua.
Es curioso y hasta divertido ese afán dual y contradictorio de la derecha de invocar la necesidad de confirmaciones científicas indubitables y, al mismo tiempo, recostarse en creencias que jamás esa misma ciencia pudo ni podrá comprobar. Y simultáneamente, desconocer todo aquello que la ciencia va comprobando por el solo hecho de que refuta las mitologías recitadas a lo largo de los siglos. Es paradójico: la derecha, que siempre alega que los privilegios suponen el resultado de alguna meritocracia, siempre termina amparándose (para defender aquellos privilegios) en el costado de la ignorancia, del oscurantismo.
Suele decirse que la derecha es consevadora, en el sentido de mantenerse siempre en la posición previa a la actual y exponer un suerte de inercia a favor del quedantismo, del status quo. Sin embargo, cierto grado de obstinación y hasta estupidez, como la de Rajoy, no es posible explicar desde esa actitud casi física y debe buscarse alguna explicación mpas ideológica.
A la derecha, la ecología le molesta. Reacciona ante ella como si la sola exposición de los problemas ambientales implicara una agresión contra su filosofía de vida. Y quizás sí lo es. Resulta demasiado sencillo fundamentar el rechazo proveniente sólo de la derecha al cambio climático en la percepción de que la solución al calentamiento global supone reducir los privilegios y ganancias del modelo que mejor representa el cartel del petróleo. Entonces uno busca mejores explicaciones, tratando de otorgarle a la derecha algún atributo conceptual para combatir el calentamiento global, que evidentemente no tiene. No hay que darle vueltas: la derecha apoya su idea de sociedad en la existencia de privilegios, en la convicción de que hay ganadores y perdedores, de que es la supervivencia (o la ganancia, o la plusvalía) lo que mueve al mundo. Entonces, una visión del mundo apocalíptica, que indica que ante el colapso no habrá selección natural que valga, genera rechazo. Más todavía, si ese diagnóstico concluye en que la forma de alejar esa hecatombe ambiental es eliminando los privilegios actuales.
Gracias Rajoy, por permitirnos recordar los valores de la derecha. Y descubrir que ecología y derecha son dos partes de un oxímoron.
 
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